Las uvas de la ira
- SyG
- 20 hours ago
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La primera vez que leí sobre las uvas de la ira me imaginé una narración dramática y telenovelesca, de esas comparables con las grandes tragedias y, aunque no puedo negar que cuando terminé de leerla, me hallé emocionada hasta las lágrimas, debo decir que lo que encontré fue una crónica cruda, llena de poesía en cada escena. Una memoria que, escrita desde la esperanza, nos muestra la inmutable realidad humana – cuidado, resistencia, mezquindad, miedo-. Y es que para que hubiera poesía no se necesitaron versos, ni rimas, ni siquiera la fuerza de hablar con emoción o sentimiento, solamente un relato honesto que te haga sentir el peso de su realidad, como si estuvieras viviéndolo en carne propia.

Más allá de la extraordinaria capacidad de Steinbeck para describir un contexto, una vivencia o un hecho con una claridad y simpleza únicas, me conmovió la posibilidad de descubrir, en los pequeños detalles, las minucias de una crónica de la humanidad, tan cíclica y repetitiva. Porque si algo nos cuenta la historia, es que vamos repitiendo patrones y que lo que vimos en 1930, después del Dust Bowl, es lo mismo que vemos hoy en Latinoamérica, en medio Oriente, en Europa, en el Catatumbo, en Bogotá… - el abuso de poder, la migración, la discriminación, la xenofobia y el racismo-. En cada una de las páginas del libro vemos el reflejo del otro en nosotros mismos, cuando somos despojados de nuestra identidad, o cuando reaccionamos con miedo frente a ese que viene a ocupar nuestro espacio y a poner en peligro nuestra seguridad, ignorando su humanidad, su realidad y las injusticias que ha vivido.
Básicamente, la obra habla sobre una familia, los Joad, que tiene que huir de su hogar -en Oklahoma-, luego de que los bancos decidieran desalojarlos, para así poder tecnificar la explotación de los terrenos que antes ocupaban - como podrán imaginar, estos últimos no se hicieron de las tierras de una forma ética, ni pidieron el favor amablemente a las familias de irse-. Esto lleva a los Joad a viajar por carreteras áridas con lo poco que les cabe en un carro viejo, al igual que miles de familias, para llegar a la tierra prometida -California-, donde se dice que habrá trabajo, techo y fruta madura para todos. Lo que pasa después es que tanto los personajes como el lector descubren que, cuando se trata de la vida real, no hay destino ideal, ni finales felices, solo un día a día lleno de nuevos comienzos, nuevas desilusiones y la necesidad de encontrar fuerzas para afrontar la realidad.
… Y mientras tanto, la ira se va cultivando en los corazones de quienes sufren y no encuentran a su paso más que hambre, violencia e injusticia….
Esta historia nos pone de frente con la realidad del despojo, la perdida de las raíces y espacios seguros, y el tener que toparnos con ese otro, que nos odia y nos violenta física y psicológicamente porque somos un reflejo de su miseria. Se muestra como un reflejo de la mezquindad del poder, en los terratenientes que prefieren tener tierras improductivas a alojar a otros seres humanos que necesitan tierra y comida; la necesidad de diferenciar el ellos del nosotros, en la decisión de llamsocial. a los llegados de las llanuras para así clasificarlos como seres de menor valor; los juegos del capitalismo, en los propietarios de la tierra que convocan a 3000 hombres, cuando solo hay 100 plazas para así aumentar la oferta y pagarles sueldos irrisorios; el odio al que es diferente, en las prácticas de quemar los campamentos de inmigrantes para que no puedan quedarse y aplicar a los subsidios del gobierno; el egoísmo extremo, en la miseria de destruir la fruta que no se puede vender para que los Okies no puedan saciar su hambre; y la destrucción del sentido de comunidad, en el esfuerzo de los policías para separar y destruir cualquier intento de organización social . Al final, todo se convierte en una gran estructura de poder que busca eliminar toda dignidad al oprimido, mientras el poderoso mantiene sus privilegios, y los eslabones del medio sostienen la cadena, convirtiéndose en oprimidos y opresores, de vez en vez.
Sin embargo, en medio de tanta desolación y sabiendo que no había posibilidades de que nada cambiara - al menos durante el transcurso de la historia- lo que me cautivó y conectó de este libro fue la humanización de esos personajes que, en medio de un contexto sin posibilidades de ganar, sus propios defectos y limitaciones, y sus propensiones a la violencia o a quedar atascados en el pasado, seguían caminando en medio de la oscuridad, cuidando unos de otros, alimentándose, tendiéndose la mano para acompañarse, y sobreviviendo cada día. En un final doloroso, que nos recuerda que el hambre, el frío y la tristeza están lejos de terminar, nos seguían mostrando que lo importante es recibir y dar refugio.

Tal vez de eso se trata la vida, no hay destino, ni sentido, los humanos podemos ser monstruos sin clemencia o empatía, la lluvia y la sequía se pueden llevar todo lo que tenemos, el hambre y la enfermedad pueden acabar con todos los que amamos. Y, aun así, seguimos caminando, junto a ese otro que nos acompaña y nos abraza en medio de la oscuridad, junto a esos que dejamos en el camino, pero siempre serán nuestro hogar.
Porque, al final, no vamos a sobrevivir, lo más probable es que nadie nos reconozca y no tendremos méritos para pasar a la posteridad, pero solo queda ese “nosotros”, aquel que alimentamos justo cuando todo es desesperanza, ese espíritu universal que nos permite conectar, reconocer y cuidar del otro, aun cuando no sabemos ni cómo cuidar de nosotros mismos.


